Cuando era pequeña cada vez que escuchaba sobre países en guerra o con dictaduras, lamentaba profundamente, desde mi corazón de niña, que las personas en otras partes del mundo vivieran con tantas carencias, y que la maldad y el odio fueran tan fuertes en otros lugares. No entendía que fuera posible vivir con miedo y sin libertad.
En aquel momento desconocía el peso de esas dos palabras, miedo y libertad no eran tan importantes para mi. Vivía en un país feliz y no pensaba que alguna vez pudieran afectar mi realidad.
Oraba muchas veces a Dios con fuerza pidiéndole ayuda para todos los que sufrían, que pudieran de nuevo ser felices y libres, y agradecía que nosotros tuvieramos un país tan bonito, en el que la gente mala nunca causaría daño.
¿Cómo alguien podía soportar vivir en una dictadura? ¡Yo jamás podría vivir así! lucharía si era necesario para evitarlo, y NUNCA doblaría mis rodillas ante un dictador. Pero, ¿por qué preocuparme? En mi país, Venezuela, esas eran cosas de una historia olvidada, esos males afectaban a otros pueblos, no al nuestro.
Hoy recuerdo cómo pensaba de niña y me impacta lo mucho que mi país ha cambiado, todo lo que veía lejano pasó a ser mi día a día, carencias, odios, divisiones, rencor y dictadura se volvieron tan reales que aterraban. La libertad, el amor por mi patria, sus símbolos, su himno, pasaron de ser teoría e historia muerta leída en un libro, a toda una experiencia real en la que soy protagonista.
Viví solo 13 años en libertad plena. Hoy tengo 32 años y nunca pensé que tú Venezuela me cambiarías tanto.
Digo que viví solo 13 años en libertad plena porque desde 1999 comenzamos una historia de mentiras, de dobles discursos y de decadencia, una historia llena de dolor y poca humanidad, de manipulación y chantaje y en todo este tiempo pude ver como a ti mi querido país te fueron destruyendo poco a poco. Acabaron con tu alegría, con tu solidaridad, con tu confianza en el otro al que se le decía hermano, acabaron con tu honor. Pensar en honradez y coherencia, en legalidad, ya no era compatible con tu nombre, y la palabra revolución se convirtió en un terremoto que acabó todas tus bases.
Llegué a pensar con dolor que no había esperanza, y en el desespero que sentía me fui lejos, muy lejos buscando encontrarla en otra parte. Luego de un tiempo la primera madre que me hizo conocer tu historia, mi abuela, me hizo volver a pensar en permanecer acá. Y hoy me siento feliz de ver como en dos meses el horizonte oscuro que tenías ha ido cambiando.
Mi país, ¡que grande se oyen hoy esas dos palabras al pronunciarlas!
Te mereces todo lo bueno, porque eres la más noble de las tierras, porque floreces en la adversidad y ¡aún brillas en la oscuridad!
Hoy creo que finalmente estamos presenciando como despiertas de la pesadilla y me siento honrada de ser testigo de ese despertar, de ese nacimiento que te hará llegar lejos, que te hará ser mejor que cuanto fuiste porque ahora TODO el que no te valoraba ha hecho suyas las gloriosas notas del himno nacional.
Esas que cuando muchachos cantábamos de mala gana en el colegio, jamás volverán a ser pronunciadas por esta generación en vano, pues sabemos que son historia viva convertida en música: somos nosotros los que gritamos en tus calles nuevamente ¡abajo cadenas! y ¡muera la opresión!, los que sufrimos viendo cómo el egoísmo se apodera de ti, triunfando una y otra vez mientras pobres y ricos piden a gritos por su libertad, y somos nosotros también los testigos del supremo autor, nuestro Dios, que sigue acompañando en cada paso a su pueblo, infundiendo aliento en cada procesión, en cada cercanía con el necesitado, en cada palabra de apoyo de sus pastores, y somos hoy todos tus hijos los que juntos logramos que toda América se haya unido para seguir el ejemplo de este pueblo que ante el despotismo levanta una y otra vez la voz.
Hoy no estamos solos, hoy sentimos que la esperanza está dando frutos para volver a vivir con virtud y honor. Hoy somos el glorioso y bravo pueblo que está forjándote Venezuela, un mañana mejor.
💛💙❤
Danaé Mendoza

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