Estando en Roma unas de las cosas que más me gustaron fueron sus arboles. Definitivamente era muy diferente verlos en vivo y directo a verlos en películas y fotos. Estos árboles eran hermosos, se veían tan vivos, tan saludables, tan cuidados, eran muy altos y transmitían paz. Parecían inalcanzables con sus copas tan altas que dejaban ver el tronco como un cuerpo estilizado.
Esos días en la mañana el clima era frío con un cálido sol y un cielo brillante y azul. Pensé en Venezuela y me dije:"en mi país los árboles no son así, son hermosos, sí, pero quisiera que hubieran también árboles así". No volví a pensar en ello hasta ayer, cuando pasando al lado de una plaza, que se veía muy bonita y cuidada, vi un árbol muy parecido a aquellos que vi en Roma. También hoy el clima y el cielo eran muy similares a los de entonces. Creía que no habían árboles así en mi país, pero si los hay, el que ví es prueba de ello. No es exactamente del mismo tipo, pero tenía una apariencia similar y me inspiró la misma sensación de paz y bienestar que experimenté aquella vez.
Comencé a reflexionar sin darme cuenta... en cualquier lugar es posible que crezca lo bello y bueno, sin importar el clima, la gente, la cultura. Toda tierra es capaz de dar muy buenos frutos, incluso cuando las dificultades nos hacen creer que no. Es que si ¡hasta en el desierto los cactus florecen!
La gracia de Dios está en todas partes. Cuando se cuida, cuando se hace un esfuerzo por hacer bien el bien, la esencia de todo sale a la vista. Todo es en esencia bueno, solo necesitamos un poco de trabajo para hacerlo surgir y concentrarnos para que los problemas y preocupaciones no nos nublen la visión.
“Hay un libro abierto siempre para todos los ojos: la naturaleza.”
Jean – Jacques Rousseau

